Aves de Valsaín
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dos Un tres
 

El melojar, rebollar o robledal, pues de estas tres formas se conoce en la zona, es uno de los hábitats de los Montes de Valsaín, con mayor biodiversidad. El melojo es un roble a medio camino de los robles de la zona atlántica, mayores en tamaño y de hoja caduca y los árboles mediterráneos de hoja perenne, pues, aunque tira la hoja, en su mayor parte, durante el invierno mantiene algunas hojas, especialmente de las ramas mas bajas, se cree que para proteger las yemas, y eliminar competencia al no dejar que el sol llegue con claridad al suelo circundante, ya que es un árbol de foliación tardía. Aunque en los últimos años, se está haciendo un esfuerzo para recuperar un verdadero bosque maduro de melojos, esta formación ha sido muy castigada en el pasado por las quemas y el hacha para realizar carbón de gran calidad, es por ello por lo que todavía no se ven muchos ejemplares de gran porte en el entorno de estos montes. A ún así, la colección de flora y fauna que los habita es, sin duda, una de las más numerosa. El monte Matas en Valsaín, es en el que se encuentra casi la totalidad de melojos de los Montes de Valsaín. Las Matas de Navalparaíso, Navalcar, Navalrincón, Navalhorno, Cruz de la Pasión y Cabeza de Gatos, son las más importantes.

 
   
 

Robledal, Rebollar, Melojar, Tozal

 
   
 

Hoy, con la primavera en todo su esplendor, nuestro paseo transcurrirá por una de estas matas de melojos. Nada más bajar del coche un cuco (cuculus canorus), me recibe con el canto que le da nombre. Aunque tardo tiempo en encontrar el ejemplar al final lo veo, subido en la rama más alta de un melojo mediano. Pronto abandona su ubicación perseguido por otro cuco con "peores pulgas". El relincho del pito real (picus viridis), me advierte de su presencia. Pájaro muy desconfiado apenas adivino a ver su gran silueta y su amarillento obispillo antes de perderlo entre la fronda. Quizá más tarde pueda verlo con más detenimiento. No obstante el sonido del relinchón, ha dado pie a que otro pícido emita su sonido característico. ¡Estamos de suerte! , pienso, pues el que ahora “canta” es el torcecuello euroasiático (jynx torquilla). S e trata de un ave ciertamente discreto por sus hábitos y sus colores, que pasa desapercibido, salvo en la época de celo, y que es ahora durante los pasos migratorios (especialmente en Septiembre), cuando más se deja ver. Me cuesta muchísimo localizarlo, en la rama a media altura de un alto melojo, pero una segunda intervención, me ayuda a situarlo. No hay duda, su plumaje “de madera” no da pie a confusiones. Otro reclamo, suena no muy lejano, pienso que hoy es el día de los pájaros carpinteros, pues el que ahora suena es la especie por antonomasia, el pico picapinos (dendrocopus major). Me acerco hacia un melojo, completamente agujereado por la especie y oigo en su interior bullir a los pollos, no sé de qué agujero procede el sonido pero me alejo raudo para no molestar. Seguramente habrá otra puesta a principios de verano.

Continúo avanzando sin rumbo fijo por el robledal, admirándome de las hermosas flores que voy encontrando, y de repente, el aleteo torpe de una ave me sobresalta, se trata de una paloma torcaz (columba palumbus), que dormitaba entre las ramas con los primeros brotes de un melojo mediano. Un petirrojo (erithacus rubecula), alertado de mi presencia emite su tek, desde el interior de un endrino y un ruiseñor común (luscinia megarhynchos), canta melodioso en lo más profundo de un tupido zarzal, no lo veo, pero su canto es inconfundible. No hay otra especie en los Montes de Valsaín, que pueda ni acercarse. En lo alto de otro melojo algo se mueve, miro a través de mis prismáticos y lo veo claro, se trata de un mosquitero papialbo (Phylloscopus bonelli), un ave común en el robledal que no siempre se observa con la calidad con la que lo hago yo ahora.

No muy lejos un precioso macho de papamoscas cerrojillo (ficedula hypoleuca), espera impaciente en una ramita baja con el pico lleno de pequeños gusanos, miro a mi alrededor y pronto encuentro la explicación a su nervioso comportamiento: en otro cercano árbol hay una caja nido, que seguro alberga la pollada del inquieto pajarillo. Todo un lujo poder disponer de una zona de cría tan numerosa de esta especie en nuestros bosques. Un arrendajo (garrulus glandarius) levanta el vuelo y su obispillo blanco se hace visible por unos segundos. En el suelo, cerca de donde salió el arrendajo unas hojillas se mueven, se trata de un pinzón vulgar (fringilla coelebs) que rebusca entre la hojarasca insectos y arácnidos con las que alimentar su prole. La ausencia de bonitos colores, nos informa de que se trata de una hembra. Un sonido difícil de pronunciar se escucha en un claro del robledal, me aproximo a las cercanías de un zarzal y haciendo honor a su nombre observo una pareja de zarceros políglotas (hippolais polyglotta). Aprovecho para admirar el precioso plumaje amarillento de uno de ellos. Pronto levantan el vuelo apareciendo por una zarza contigua un pequeño mosquitero, patas claras, cola larga, color amarillento intenso, se trata de un mosquitero musical (phylloscopus trochilus), que probablemente en paso, aproveche el claro para recuperar energías.

Un mirlo común (turdus merula), atraviesa como una flecha el claro del bosque, se queja mientras vuela de mi presencia. Molesta en su claro. Es entonces cuando decido acercarme hacia el río, sin duda entre sus sauces y alguno de los pinos de gran porte que allí se encuentran, podré encontrar nuevas especies. Doy un ligero rodeo para evitar el nido del águila calzada (Aquila pennata), que desde hace años utiliza para sacar sus aguiluchos. Se que en esta fecha estará incubando y cualquier molestia podría ser negativa, así que prefiero rodearlo. Son varias las especies de rapaces que utilizan algunos puntos del melojar para criar, a veces en lo más intrincado del bosque sobre grandes melojos o pinos, así especies como el ratonero (buteo buteo), el milano real (milvus milvus) o su pariente el milano negro (milvus migrans), tienen nidos dispersos por las matas, aunque luego sus requerimientos alimenticios los impulsen a abandonarlas para cazar. También hemos visto alguno de cernícalo vulgar (falco tinnunculus), en un alto pino dentro del robledal e intuimos que no lejos un gavilán (accipiter nisus) empezará su puesta en breve. Así pensando en el impresionante cobijo que ofrecen estos bosques a numerosas especies protegidas, voy dando mis pasos hacia el río. Bajo un pino de buen porte observo una pluma de buho chico (asio otus), miro y remiro por el árbol, pero el dueño ya no está. Estos fantasmillas del bosque siempre son difíciles de localizar aunque algún rastro acaba delatando su presencia. Antes de llegar, observo un mito (aegithalos caudatus) que porta en su pico un puñado de plumas diferentes, estoy seguro que son para un nido tardío, pues en estas fechas ya debieran estar a punto de volar sus polluelos. Sigo sus evoluciones y no tardo en encontrar la bolita de musgo, prácticamente invisible en la que se introduce nuestro amigo. Me alejo de allí para no molestar y llego a la ribera del río. Voy a tiro hecho pues sé, que en un gran pino cerca de la orilla, se puede ver a nuestros amigos los reyezuelos listados (regulus ignicapillus). Tras unos minutos de observación únicamente oyéndolos, consigo ver un ejemplar en las ramas más altas, que es donde ellos suelen desenvolverse.

Entre las raíces de un sauce, se desenvuelve un pequeño pájaro que más parece un ratoncillo. Su pequeño tamaño, su cola levantada y su color rojizo, nos saca de dudas se trata de un chochín (troglodytes troglodytes) que busca pequeñas telas de araña, que contribuirán al reforzamiento de su nido en construcción.

Encima entre las ramas de un sauce el sonido "tsi tsi pan", nos advierte de la presencia del carbonero común (parus major), se trata de un macho de encendidos colores y ancha corbata negra. En la propia ribera un sonido alto y característico nos informa de la presencia de unos de las aves con los colores más bonitos de nuestra fauna. El “u li u liul” nos confirma su presencia. Es la oropéndola (oriolus oriolus), un ave difícil de ver, y en esta ocasión solamente acierto a ver la flecha amarilla volando a otra espesura. Sin haber perdido la estela todavía de la oropéndola veo otra flecha volar, a baja altura, siguiendo el cauce del río. Se trata del mirlo acuático (cinclus cinclus), que buscará sus piedras-posadero para realizar la caza de invertebrados acuáticos a contracorriente.

Otro sonido característico “uif tu, fuiti fuiti fuiti”, nos informa que tenemos un cetia ruiseñor (cettia cetti), a escasos metros en la bardaguera. Tras un pequeño rato de persecución lo conseguimos ver fugazmente, con su ceja blanquecina y su tono rojizo. En lo alto de un viejo sauce destartalado, un agateador común (certhia brachydactyla) aporta unas pajitas a su nido en construcción, dentro de una fisura del árbol.

La vida bulle en el robledal y todas las especies se afanan en tener listos su cubiles. Unas rocas me impiden seguir por el cauce del río y subo una ladera para continuar, mis pies pisan la hierba fresca y cerca de ellos sale un pájaro pequeño de tonos verdosos, con el clásico aleteo de haber abandonado el nido. El nido está en el suelo, es una pequeña tacita con cuatro minúsculos huevos y una pequeña tapita por encima, se trata del nido de un mosquitero común (phylloscopus collybita), o tal vez, (sueño en voz alta) pudiera tratarse del de un mosquitero ibérico (Phylloscopus ibericus), sabemos que en muy poca cuantía nidifican entre nosotros, pero lo más probable es que el nido hallado sea del común. Con estos pensamientos me alejo rápidamente para que el adulto vuelva a incubar los huevos lo antes posible.

 
   
 

Petirrojo (Erithacus rubecula)

 
   
 

Me acerco a otro claro de bosque, donde una valla de piedra me corta el camino, sobre la valla revolotea un pajarillo de pardos colores para volver otra vez a su sitio. Los prismáticos me confirman que se trata de un papamoscas gris (muscicapa striata). No es una especie fácil de ver en estos bosques pero durante el paso primaveral algunos ejemplares se dejan caer por las zonas más despejadas. Una curruca canta en un zarzal, acecho durante unos minutos a “la presa” y por fin puedo adivinar a un ave tímido que rara vez se ve con claridad, se trata de una curruca mosquitera (Sylvia borin), de preciosísimos tonos beiges.

Unas cornejas negras (corvus corone), se posan en lo alto de un buen melojo, una de ellas reclama con insistencia. Más cerca de mi posición unos córvidos negros avanzan jugueteando, con un sonido de alas cortando el aire, se trata de una pareja de cuervos grandes (corvus corax), que con seguridad no andarán muy lejos de su nido en lo alto de un pino.

De vuelta a la ribera un verderón común (chloris chloris) y una hembra de escribano soteño (emberiza cirlus), aumentan el número de especies oídas. Está anocheciendo y es un momento muy propicio para adentrarme en el jaral de jara estepa, etapa de degradación del robledal. Una curruca rabilarga (sylvia undata), quiere acabar el día cantando sobre una jara. Cuando el sol va menguando sobre el horizonte empieza el sonido que buscaba, el del chotacabras europeo (Caprimulgus europaeus). Pienso que son los primeros ejemplares en venir, pronto se verán sus vuelos de celo, pero hoy me conformo con verlos salir de entre las jaras a cazar insectos con su gran boca. Llegando al coche ya prácticamente de noche, vuelvo a oír a una oropéndola, que es rápidamente contestada por otra más, y luego otra. Pienso que no puede ser y descubro con sorna el dormidero de estorninos negros (sturnus unicolor), que practican sus imitaciones con gran maestría. Lo más probable es que entre el grupo algún ejemplar pinto (sturnus vulgaris), se encuentre infiltrado, pero la escasez de luz y el cansancio me invitan a volver otro día.

Y dicho y hecho, pruebo otro día, esta vez de invierno, por el robledal, empiezo la jornada con una grata sorpresa pues cerca de El Robledo, me recibe un picogordo (Coccothraustes coccothraustes), comiendo del suelo. Es una grata sorpresa, pues aunque algunos ejemplares gustan de los hayucos y los frutos de los carpes de los jardines, otros a veces, se dejan ver por el robledal. Tras veinte minutos, de observación, si veinte minutos ¡qué pasa!, no es especie común, continuo mi deambular. Carboneros, herrerillos comunes (Cyanistes caeruleus), se van cruzando en mi camino. Así como las sempiternas cornejas y varios trepadores azules (sitta europaea), que confiados descienden cabeza abajo por los troncos para deleite de los ojos de quien os lo narra. Un grupo de zorzales alirrojos ( turdus iliacus), rebuscan en la hojarasca y me detengo a mirarlos. Mientras que entre las ramas desnudas más altas de un rebollo un pequeño pájaro se mueve con soltura. Mis prismáticos confirman la cita se trata del pico menor (dendrocopus minor), cuyas citas han dejado de ser novedad en estas matas aunque para el que escribe siempre es aceptado con ilusión. Mosquiteros comunes, agateadores, pinzones vulgares, petirrojos, chochines y el mirlo acuático, van amenizando mi paseo, mientras un zorzal común (turdus philomelos), emite su reclamo de alarma, menos brusco que su pariente el charlo. Su rápido vuelo y sus tonos pardos no me dejan precisar mucho más la identificación.

En un melojo, puedo descubrir un reyezuelo sencillo (regulus regulus), el pájaro más pequeño de estos montes, que se hace más numeroso y visible durante esta fría época. Pienso en tanta belleza resumida en tan poquito espacio mientras mi perra corretea entre las jaras moviendo algún que otro conejo abotargado de los majanos colocados por los cazadores. De repente un ave pesadamente arranca de entre unas jaras, se trata de una chocha perdiz (scolopax rusticola).La becada, como también se la conoce, es un aves que en pequeña cantidad visita todo los inviernos las matas y gusta de encamarse en el jaral.

Poco después es un faisán (phasianus colchicus), el que nos sorprende a mi perra y a mi, se trata de faisanes escapados o soltados que medran por entre las jaras con pocas probabilidades de superar el invierno. Así voy concluyendo mi paseo pensando en la becada o sorda, como dicen los cazadores empeñados en poner mil nombres a sus objetos de deseo, sin admitir aquel que oficialmente tienen. ¡Ay sordita si te pillan los de la escopeta, pues no se iban a poner contentos ni nada!- con ese pensamiento abandono los Montes de Valsaín, hasta otra feliz jornada que seguro que no se demorará mucho.

 
   
 

Jara estepa (Cistus laurifolius)

 
   
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